martes 16 de junio de 2009

El despertador es indeclinable. Suena, y por más que aprietes para que vuelva a sonar en 5 minutos, en 5 minutos suena de vuelta. No hay caso. El despertador te despierta a las 3 horas de haber cerrado los ojos, justo el último día de un fin de semana largo.

Tus fines de semana tienen que ser movidos sucun dum sucun dum. Y si eso no sucede ni viernes, ni sábado, ni domingo, entonces el feriado te desquitás, y el martes despertás sin despertar del todo.

Pero te gusta que cada vez, cada vez, cada vez, te mire con ese especie de amor que no lo es. Con algo así como respeto. Con cierto recuerdo agradable. Seguramente con algo de cariño. Te gusta que te reafirme, cada vez, que te ponga la mano sobre la pierna. Y que se repita. Sobretodo eso. Que se repita. Cada vez.

En casos así, no te tenés que preocupar por el Manual de los Géneros. Con gente así no hace falta que entiendas a los hombres, o que sepas comportarte como se comporta el 90 % de tus contemporáneos. Te despertás y no tenés nada en qué pensar. Bien.

jueves 21 de mayo de 2009

Te despertás melodramática. Con esa sensación angustiosa de no saber si ya pedíste perdón. Creés que no, que faltaría una charla, un mail o un algo que te haga sacarte la angustia que te aparece cuando soñás con él. Ya debés haber hablado en su momento. Ahora es extemporáneo, pasaron mil millones de años, de casamientos e hijos por venir. Para él, claro. Pero soñás cada tanto con un abrazo con ese que en algún momento fue un amor. Algo así como una reconciliación con vos misma por haberte alejado. Por haber estado tan desquiciada como para terminar algo de esa manera y haberte tomado un avión a México, dejando su imagen en un auto, llorando, angustiado. Casi la misma angustia que ahora te agarra a vos cuando soñás con él.

lunes 18 de mayo de 2009

El tío Diego vino de visita. El tío Diego vive en Santa Rosa de Calamuchita, Provincia de Córdoba. Es el marido de mi tía Ele. Es joyero. Hace cosas en plata. Mis últimas vacaciones fueron en su Casita. Tienen su casa en el pueblo y la Casita en las sierras. Santa Mónica para ser precisos (no en L.A, en Córdoba, ya lo dije).

Tiene mucho pelo, y lo tiene todo blanco. Es muy buen mozo el tío. Con mi tía se conocieron cuando tenían treinti, los dos andaban medio perdidos en la vida, como andamos todos, y decidieron irse a vivir fuera de Buenos Aires. Cayeron en Calamuchita.

Al principio alquilaban una casa en el centro que daba al río. La primera vez que fuimos a visitarlos yo me di cuenta de que ésa era la casa porque reconocí una camisa blanca con flores de mi tía. La camisa colgaba de una soga mientras se secaba al sol. Después vivieron en un bosque, en una casa que parecía la de Caperucita Roja. Más adelante compraron la casa en la que viven ahora. Les empezó a ir bien a mis tíos. Construyeron la Casita en las sierras.

Antes de eso, lo tuvieron a mi primo Pancho. Pancho es un gran tipo. Ahora tiene 16 o 17 años y está alto y flaco. De chico no era tan flaco, y como le gustaba mucho nadar, mis hermanos le decían El Niño Foca. Ahora le sigue gustando nadar. Nada muy bien crol. A mí me cuesta el crol, así que cuando nadamos en las ollas del río, él nada crol y yo pecho.

Un año fuimos a visitarlos mi hermano Tomás, su mujer y yo. Fuimos a El Durazno. En El Durazno hay piedras altísimas desde donde algún que otro loco se tira al río. Mi hermano Tomás está loco. Se tiró de una roca que era como tirarse de un quinto piso. Su mujer y yo no queríamos que se tire. NO NO, NO TE TIRES le decíamos. Mi hermano se tiró igual. Lo vimos desde abajo. Las patas se le movían mientras caía. Yo me tiro de algunas rocas bajas, me dan vértigo las altas. Me gusta tirarme por las partes fuertes e ir rebotando en las piedras. Me lastimo bastante. Me gusta el agua de río. Mi hermano mayor me dijo una vez, que era una ballena, que yo era una ballena. A veces nos reímos con mi hermano mayor. A veces nos peleamos.

El tío Diego vino a hacer compras para su taller, y me llamó porque tenía una misión. A pedido de la tía Ele, debía verme para inspeccionar cómo y en qué andaba. El tío Diego es de escorpio, también. A veces me habla en un idioma que no entiendo. A veces nos entendemos. Esta vez nos entendimos. Hablamos de proyectos, de relaciones, de pasados y futuros. Le conté de mi falta de coraje. Me dijo que a todos nos pasa más o menos lo mismo, y que hay que hacer, justamente por eso. Porque a todos nos pasa más o menos lo mismo. Fue reconfortante.

Hablar con el tío Diego me dejó con la sensación de que tengo que hacer eso que hago en el río: tirarme desde donde puedo, golpearme un poco y nadar como me salga. Siempre va a haber alguien más valiente o que nade mejor crol, pero todos estamos en el río. Y en el río hay que nadar, sino te ahogás.

lunes 11 de mayo de 2009

Sí sí, sos de mandar mensajes de esos que leés al otro día y te querés tomar un avión sin escalas al DF y contagiarte la porcina y morir cual chancha degollada mientras te comés un taco de tripita de cerdo. Sí, lo hacés. En repetidas oportunidades. Ya podés afirmar, sin miedo a equivocarte, que SIEMPRE lo hacés. Al otro día eliminás la evidencia, pero el daño ya está hecho, y no te queda otra que borrar el número de la persona en cuestión para no cometer el error NI UNA VEZ MÁS idiota!. Lo raro suele ocurrir, cuando el damnificado, a pesar de tus desubicaciones, decide mandarte algún mensaje, y tú ya no identificas el teléfono. ¿Quién sos? debés preguntar…las cosas de la modernidaT, hoy nadie te llama. Sería más fácil. La sutileza no vino con mi naturaleza, y se resiste a ser aprendida. A veces ni lo intento. Otras por ejemplo, tomo en cuenta cuando un extraño me dice: “Actuá desde el centro”. Y le contesto que tengo que ir al baño porque con la vejiga llena no puedo manejarme desde el centro. Claro, dice. Vuelvo y sí. Actúo desde el centro y todo me sale un poco mejor. Hasta el próximo mensaje. Que llega, siempre.

lunes 4 de mayo de 2009

A veces tengo hambre de ravioles. Otras de pizza o carne. Algunas de comida árabe, o china, o sushi. Algunos días quiero empanadas, otros suprema napolitana, otros papas, o puré, o huevos revueltos o fritos. Hay días que muero por un chocolate o una coca cola. Medialunas con café con leche, o un desayuno onda americano si la noche fue larga y alguien se pone las pilas. Me mata la lengua en fiambre de los alemanes, o las calientes que hace mi padre. No me gusta a la vinagreta. Los canelones de mi madre son especiales, también sus ensaladas. Nunca tengo ganas de comer ensaladas. Me gusta sobremanera el pulpo a la gallega y los ostiones a la crema. También el pollo al verdeo con papas a la española. Los langostinos empanados. Los chinchulines, mollejas y asado de tira, también el vacío. A veces tengo hambre de Mc Donalds.
Cuando puedo comer lo que quiero me siento bien. Cuando no, me quedo con las ganas, y eso no está bien.

jueves 30 de abril de 2009

HOY


lunes 27 de abril de 2009


LA FIESTA DEL LICHU

Entrada Anticipada $10
En puerta hasta las 23 $10
En puerta desde las 23 $15


Barra
Cerveza desde $12
Jarra Fernet y Gancia $18
Vinos, Tragos, Speed, Champaña.

Hasta la 1 Am Cocina Jamaiquina, Pintura Modelo vivo, Musica Folk, en vivo.
Desde la 1 Am Variedades Circenses y Fiesta con DJ Favonio
Antes no había aceite de oliva, ni aceto balsámico, ni milanesas de soja. Antes las milanesas eran siempre fritas, no al horno. Antes no existía la nafta verde, la mejor era la super.

Antes no había ni HIV, ni dengue, ni fiebre aviar, ni la porcina, ni falta de capa de ozono y no había que ahorrar luz, ni agua.
Antes no había tantos asesinatos, y con mis hermanos íbamos solos al colegio en bondi. También íbamos solos a Córdoba cuando teníamos 5 años o así, y nuestro abuelo Chuchi nos esperaba en Villa María con su sombrero tipo Panamá, para llevarnos en su Taunus a Las Varillas. El Chuchi cocinaba ranas fritas que pescaba en el arroyo cerca de la agencia Ford, también anguilas fritas. Ahora si vas a un restaurant no podés comer ranas porque son muy caras, igual que el pulpo. Ahora mi abuelo se murió.

Mi hermano pequeño siempre me pregunta qué hacía yo de chica. No se acuerda de mí de chica. Se acuerda de mis otros hermanos pero no de mí. Yo tampoco me acuerdo qué hacía, pero sí me acuerdo de él. Del primer día que fue al colegio con sus bermudas de franela gris, la camisa blanca, la corbata verde y una mochila amarillo chillón. Hay una foto. Yo veía cuando se la sacaban desde el auto. Teníamos un Peugeot 504 o 404, no sé, amarillento, rural, de esos grandes. Ahora esos no se hacen más. También me acuerdo del Peugeot 504 gris, estacionado en el mismo lugar que el amarillo, unos años después, cuando mis papás nos decían que se iban a separar. Ahora no me importa que se hayan separado. Antes sí. Antes mi hermano menor era el preferido de mi papá. Ahora no se entienden.

Antes creía que me iba a casar a los 23 y que iba a tener 4 hijos. Ahora creo que no quiero tener hijos. Definitivamente no quiero casarme. Y tengo 33. Antes odiaba los gatos y ahora tengo a Frida.

Antes creía que era buena actriz, ahora no lo creo, ahora creo que no quiero actuar nunca más.

Antes usaba pantalones de tiro alto, y camisas con hombreras y tenía el pelo largo por la cintura, también un jopo para el costado. Ahora a veces no me sube el pantalón, el pelo no me crece y me tapo las canas con tintura.

Antes no cojí con nadie hasta no encontrar al tipo que se enamorara de mí. Ahora cojo bastante y no se enamoran de mí.

Antes leía más libros, iba al cine, estudiaba. Ahora casi no leo, veo dividís y me embrutezco cada día más.

Ahora quisiera tener la capacidad de hacer que lo que quiero se cumpla. No se muy bien qué quiero. Quizás después sí.

miércoles 22 de abril de 2009

Escribió palabras que lo hacían incomible.

Nos bemos a la noche. Te espero con ancias. Sí, te puedo conceguir.

Peor es estar a dieta.

viernes 3 de abril de 2009

FIESTA PIOLA VAGO CON CHORI EN LA BOCA


lunes 30 de marzo de 2009

Te abriría la puerta, te daría un beso en el cachete y te miraría un segundo o dos más de lo común. Sería de noche, temprano. Subiríamos al ascensor y harías algún comentario sobre el ruido que hace, o lo mucho que tarda en arrancar. Me vestiría de negro con una flor de color en la cabeza. Te haría pasar al living, te sentaría en el sillón verde y te acomodaría el almohadón en vertical para que estuvieses más cómodo. Quizás te gustaría tomar una cerveza, o un vino o un gin tonic. Te hubiese preparado alguna comida, no muy elaborada, algo como para que no pienses que me esmeré demasiado.
Hablaríamos mucho, también poco. Me sacaría los zapatos y apoyaría los pies en la mesa o cerca de tu lado del sillón. Te serviría más vino o cerveza o gin tonic en las copas celestes regalo de casamiento de mi madre. Brindaríamos por algo. No se porqué. Te volvería a mirar un poco más de la cuenta. Un blim. Me reiría mucho. Vos también. Se nos iría el hambre. Dejaría la comida para después.

viernes 20 de marzo de 2009

Pensar que voy a ser como Juana que repite todo repite todo repite todo mil veces por segundo, hace que pierda la paciencia desde ya. En mi familia hay casos de artereo esclerosis. Asusta.

Juana es una maestra de Ballet que vivió durante años en Alemania dando clases de danza clásica. Después cuando su “mami” estaba convaleciente volvió al país. A Juana le funciona muy bien la memoria de largo plazo (cuando me conoció se acordó por mi apellido que jugaba con mi padre y mi tío en Villa Gesell cuando eran chicos), pero la de corto se le revela cada día más.

Tiene ¾ de siglo, es rubia y coqueta. Usa jeans con apliques de flores con algunos canutillos brillosos, y tiene un par de sweaters que le envidio, sobre todo uno color naranjoso con un sutil estampado de animal print. Todos los días cambia de cartera. Tiene carteras de todos los colores, bordeaux, azul, marrón. Nunca le vi una negra. Juana da clases para el Ballet donde trabajo. Sólo algunas clases últimamente porque, aunque ella no se de cuenta, puede marcar el mismo paso durante una hora y cuarto. Me lo contaron los bailarines. Me gusta verla vestida para dar clases. Se pone unos zapatitos blancos de media punta que tienen un poco de taco. Estira su cuerpo en la barra antes de las 10 de la mañana mientras espera que lleguen los bailarines. Es conmovedora.

Tuvo que hacer unos trámites en la AFIP. Venía todos los días a la oficina y yo le escribía adónde debía ir, qué decir, y le subrayaba las cosas con resaltador rosa. Un día logré que fuera a la agencia Nro 51, sobre Bartolomé Mitre, pero para mi sorpresa llegó de vuelta al teatro a la media hora. Dijo que era todo muy complicado. La vi de mal humor, pobre Juana. Luego insistí con las indicaciones escritas y subrayadas en distintos colores, para variar un poco. Pero Juana cambia de cartera todos los días, y cuando le preguntaba por el trámite me decía que había perdido el “papelito”. Mi teoría es que los deja en la cartera del día anterior pero que no se acuerda cuál usó. En realidad el problema es que se olvida de que ése papel existió alguna vez, o veces, claro.

Hoy la acompañé a la AFIP. Me dijo que en Europa todo era más sencillo. Me dijo que en Europa todo era más sencillo. Me dijo que en Europa todo era más sencillo.
Todo terminó en 40 minutos. Juana estuvo muy agradecida. Quería invitarme a comer un sandwich al bar de la esquina. No gracias Juana, le dije. En el fondo sé que me da miedo. Ya padezco algunos de sus síntomas y tengo un par de años menos. Malditos genes.

miércoles 18 de marzo de 2009

Tengo amigos informáticos. De esos que vi en fotos en la pantalla de la computadora, quizás en vivo alguna vez en la cámara de la computadora, leí sus mails en la computadora, o chatié por el Messenger de la computadora.
Tener amigos informáticos es complicado. Siempre he tratado que mis amigos informáticos se transformen rápidamente en amigos personificados, o en su defecto en enemigos corpóreos declarados. Pero hay casos en los que esos encuentros se han dilatado y nunca se han dado.
Por otro lado, tengo recientes amigos corpóreos que casi automáticamente se han convertido en informáticos. Con éstos al menos corro con la ventaja de que sé cómo se ven sus dos perfiles, su cara de frente y en movimiento, cómo huelen sus cachetes, el largo de sus dedos, la forma de sus manos, su corte de pelo actualizado, y cómo miran sus ojos. Pero al pasar a ser contactos informáticos el recuerdo verdadero queda estampado como en una foto o unas letras en una pantalla de computadora.
Lo difícil es ser amiga de los meramente informáticos. Uno sabe de las aventuras y desventuras de estos sujetos y les toma cariño. Pero si me cuentan una mala noticia no hay más que escribir unas líneas y quedarse con la sensación tremenda de que me gustaría estar ahí, aunque nunca estuve.
No quiero más tener amigos de los informáticos, ni de los que con el tiempo han pasado a serlo. Es inhumano, como las fucking computadoras.

martes 17 de marzo de 2009

LA EX REHEN DE LAS FARC Y EL PUBLICISTA JUAN CARLOS LECOMPTE
Ingrid quiere divorciarse y el marido la acusa de infidelidad en la selva

lunes 16 de marzo de 2009

Subo una escalera, es domingo. El lugar es una casa y desde abajo se ve un gran ventanal separado por hierros en pequeñas ventanas. Un ventanal cuadriculado. Desde abajo veo mucha gente parada. La señora que me abre la puerta me dice que cuando termine de subir la escalera me saque los zapatos. Lo hago. Entro.
El espacio es grande pero no han prendido los ventiladores y el aire está estancado. Me quedo cerca de la puerta que está abierta. Si la cosa se trata de respirar lo primero que se me ocurre es que me voy a marear al respirar ese aire.
La gente está sentada en almohadones que reposan sobre una gran alfombra. Todos miran hacia adelante, uno al lado del otro miran hacia adelante, en donde hay un altar con imágenes de Buda y de otros sujetos vestidos como budas o lamas (todavía no se nada del asunto), tapices que cuelgan de la pared (muy coloridos de un género que parece ser seda) y flores. Luego, hacia la derecha, almohadones con una mesa baja en frente y mas allá una gran biblioteca con puertas de vidrio.
Prenden los ventiladores, me proveo de un almohadón y me siento donde encuentro un lugar, cerca de la puerta, claro.
La gente, lejos de estar vestida con túnicas de telas hindúes como me imaginara, llevan jeans, polleras con flores, remeras deportivas, ropa cotidiana, occidental. Yo estoy vestida de negro. Pensé en el atuendo con anterioridad, y había decidido que el negro es apropiado para cualquier ocasión, un neutro.
Después de unos minutos Gerardo, el guía, se sienta frente a la mesa baja. Habla. Gerardo habla de apego, sucesión de momentos sin un hilo conductor, verdad natural de las cosas, libertad, conciencia, oscuridad, luz, sufrimiento, satisfacción e insatisfacción, cambio constante, deseo, avaricia, y otras cosas más. Después da comienzo a la meditación.
Yo respiré, traté de no pensar, mientras veía un corazón que se formaba sin querer en el diseño de la alfombra.
Esa noche soñé que estaba en un bar en el que se podía fumar.

sábado 14 de marzo de 2009

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